sábado, julio 22, 2006

Omar

Fue una noche de sábado cuando conocí a Omar. Había salido del bar porque me dolía la cabeza, cuando le ví entrar, cargado de cd´s para intentar vender. Ni siquiera sabía como se llamaba, tan solo supuse que podría intentar hablar con él.

Una vez que salió lo observé bien. Era un chico no mucho mayor que yo, alto, delgado, bien parecido, de gafas, llevaba pantalones y camisa beige, boina gris y un bolso donde llevaba la mercancía. Con la excusa de comprarle unos cd´s- que francamente, no me interesaba ninguno- hablé con el todo lo que pude. No escondí mi interés por su transito a la Península, y el accedió, con una amplía sonrisa, tan amistosamente que parecía que ya nos conocíamos de antes.

La historia de Omar, senegalés de 22 años era una de las pocas distintas, pero aun así, no menos dura que la de sus compañeros. El había venido en avión, con el dinero que le había enviado su hermano desde Italia, hacía 2 años, y desde entonces vendía cd´s. No le reportaba mucho dinero, poco mas que para dar los 90 euros de su parte del piso, el cual compartía con 5 inmigrantes más. Hablamos con normalidad, sin tapujos. Se quejaba del español, que decía que era muy difícil, chapurreando más que hablando, pese a que iba a 2 clases a la semana que le daba una asociación, para intentar aprender. Intenté hablarle en francés, por aquello de que Senegal había sido colonia francesa. No resultó. Por lo visto, no hablaban francés, sino Olof, el idioma nacional, que compaginaban chapurreando un poquito de inglés y francés. Seguimos probando con el español. Cuando se equivocaba, se paraba, se reía y volvía a decir “ tu idioma es muy difícil, en 3 o 5 meses en Senegal ya hablas bien Olof, yo llevo 2 años y nada, ¿me entiendes? ”.

Curiosamente, y contra pronóstico, Omar se encontraba bien en España, todo le había sido difícil, pero había merecido la pena. Estaba a gusto en Asturias y pensaba quedarse, conseguir los papeles y trabajar de lo que pudiese para ganar dinero, y mandarlo a casa, a sus 2 hermanas y a su madre. Le daba igual el trabajo, de obrero – obrador, como decía él -, de lo que fuese. Su sueño se llamaba España y lo había alcanzado, quería quedarse. Cuando le pregunté si quería volver a casa – él me entendió casarse – me dijo que sí, pero que en su país las cosas estaban mal, no había dinero para poder permitirse un lujo como ese, por eso, como no tenía novia, ni oportunidades en su país de origen, había dado el salto. Lo dijo con una autodeterminación y normalidad tan grande, que incluso me impresionó, casi sin inmutarse.

Nos sentamos en el escalón que unía el bar con la acera y allí, como dos amigos, le conté una historia muy parecida a la suya. Una historia de hombres que se iban con cuatro trapos a buscar trabajo a otros países de Europa. Les daba igual donde fuese y de qué, Alemania, Suiza, daba igual, ellos querían luchar para salir adelante. No importaba lo duro que fuese la vida allí, había que probarlo. Y curiosamente, a aquellos hijos de la fortuna, se nos olvida, que algún día, nosotros también fuimos inmigrantes, o lo fueron nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos.

El dinero nos ha atontecido, aburguesado, impidiéndonos mirar mucho más allá de lo que nuestras pretensiones consumistas y clasistas nos permiten. De lo que nos quejábamos nosotros, ahora se lo imponemos. No llegan ni al estatus de ciudadanos, son carne de cañón, con la que poder aplicar el poder del que en un momento de nuestra historia carecimos. Y aun así y todo, 50 años después, aún estamos agradecidos a esos hombres y mujeres, que nos dejaron intentar ser tan alemanes, franceses, suizos o belgas como quisiésemos ser. Y se nos olvida que Omar algún día pudo llamarse Manuel, Vicente o Jacinto.

A medida que iba desarrollándose la conversación, un punto común salía: los papeles. Mirar los ojos de aquel chaval senegalés, era como mirar los de un niño en la noche de Reyes. Todas sus esperanzas pasaban por un DNI con el cual conseguir obtener la legalidad para intentar ganarse la vida honradamente, sin esconderse de la policía, sin ser otra sombra más de esta villa nuestra. Mirar los ojos de Omar era mirar a un valiente, capaz de dejarlo todo para salir adelante, como los de aquel Jacinto, Vicente o Manuel, era ver la inocencia del hombre que no cree en barreras de raza, sexo, religión, legalidad o ilegalidad. Todo eso era superfluo, en ese momento éramos dos amigos, uno español y otro senegalés y el resto sobraba.

Después de compartir aquella conversación, sonreía, decía repetidas veces “ Javi, eres buena gente, muy buena gente. ” Y sinceramente, no lo creo serlo. Bastaba ver aquella sonrisa, esa respuesta tan sincera por su parte para que me diese cuenta – y no porque yo sea un ser excepcional, hasta un necio lo haría -, de su situación anímica; cuando todos te desprecian y no eres más que un fantasma a vista de todos, cuyas únicas palabras escuchadas durante tanto tiempo, son el no gracias. De algún modo, aquel interés por mi parte, pareció proporcionarle el trato humano que en los 2 años anteriores, seguramente careció por nuestra parte. Cosas tan vitales como la necesidad de hablar y compartir algo con otra persona aparte de su círculo. Se sintió vivo.

Que curioso, una historia tan común – por desgracia- como extraordinaria, de la que incluso, osamos hacer juicios y críticas simples sobre temas tan morbosos y polémicos como su forma de vida, la inmigración, etcétera. Nos encanta. Mi pregunta es, ¿ha compartido -o estaría dispuesto a hacerlo- , algún minuto de su tiempo con uno de los muchos Omares con los que se tropieza?

Nos intercambiamos los móviles, mientras el se reía de que cargaba su móvil a diario, pero era inútil, porque se le acababa “ la pila ”, como decía él. Tuve que deletrearle mi nombre, e incluso indicarle donde estaban las letras, pero bueno, como dice Omar, el Español es muy difícil. Nos reímos. Nos dimos un abrazo, nos deseamos suerte y prometimos llamarnos.

Omar, amigo, si no te vuelvo a ver, te deseo que alcances tus propósitos. Sólo me queda desearte suerte. Camina firme y sin miedo. Lo conseguirás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo conozco a Omar. Ahora le echo de menos como todos...