
El tiempo se detuvo, arropado por una corriente del gélido frío de Febrero. No había nada de especial en aquella mañana de invierno, a decir verdad era todo igual. Las mismas personas en la estación de tren, la misma hora, el mismo paisaje, los mismos olores, lo mismo de todos los días. Sin embargo, yo, en ese preciso momento, no era el de siempre. Tenía la sensación de encontrarme frágil y desvalido, acosado por miles de seres, que por supuesto, no existían. Incapaz de subir la mirada del suelo, notaba como se generaba un vacío en mi interior tan profundo como para hacerme saltar las lágrimas. Y todo era igual que siempre. Nada había cambiado. Que curioso.
Impaciente miraba el reloj, y el expreso de las 8:15 se retrasaba, como siempre, a eso ya estaba acostumbrado. Y como era habitual, las masas en tropel, acabaron de llenar la estación de aquel pequeño pueblo marinero en escasos minutos. Cada uno con su mundo, a lo suyo. Si acaso algunos saludados hablando del tiempo, de la crisis del Madrid, y generalmente, ni eso. Por lo visto, aquello debía ser la parada del silencio. Que curioso, suena a Western, de los de frases cortas y directas mordiendo palillo, frunciendo el ceño, con cara de tipo duro. Sin embargo, esto parecía más una estampa de una película de Gene Hackman o Sean Connery, que una del machote de Clint Eastwood.
El sonido del caballo de acero se acercaba, rítmico e incesante, seguro, como sabiéndose necesario para los que allí nos encontrábamos. Tocaban los empujones de subir, encontrar sitio, ceder el paso a los que bajan, etc. Con un largo pitido – no negaré que me alteró- comenzó su andadura, lento pero seguro, con el traqueteo cotidiano. No es que me sentase en ningún sitio específico en particular, pero desde donde me encontraba, ví una imagen que perdurará en mi cerebro durante mucho tiempo. Nada espectacular, no os vayáis a creer. Un hecho tan frecuente, como raro diría yo. Quizá esa mañana, un tanto insegura, había desarmonizado mi habitual letargo mañanero, para mostrarme más agudo de lo normal. Y allí estaban todos los pendulares viajeros, sumidos en su mundo. Uno metido en sus cascos, otra leyendo su revista rosa, unos cuantos durmiendo, otros tantos más con sus cascos, otros pocos mirando por la ventana expectantes, y yo allí de mero espectador clínico, apuntando para mi corazón sensorial – ya sabéis que así llamo a mi cerebro - . Parecía incluso que las personas se rechazaran. Desde luego parecían decir, “No me molestes por favor, no me importa, ni el tiempo, ni tu vida, ni si el Madrid vendió ya a Ronaldo”, “no, tampoco me importa lo que salió del polígrafo del programa de Cantizano”. Qué pena. Fue esa imagen la que me caló. ¿Cómo podía ser, que ante personas que estaban a tan siquiera escasos centímetros, pudiese haber tanta distancia?
Me sumergí en mis cavilaciones, embobado mirando por la ventanilla el paisaje semicongelado bajo los albores de la mañana. Hilaba cabos, unos tras otros, para tratar de dar respuesta a algunas preguntas. ¿A eso había llegado la sociedad?, a repudiarse a sí misma, a repeler el contacto de los unos con los otros, a aumentar las diferencias que nos separan bajo silencios de tren, de metro, de calle, de cualquier sitio. Nos hemos convertido en animales economizadores de palabras. Somos especialistas en intercambiar las palabras necesarias, para las cosas necesarias: “ su pan, gracias “, “ ¿qué desea caballero ?”.
Incluso exagerando, diría que sólo abrimos la boca, para actuar interesadamente.
Cómo puede haber cambiado la sociedad tan rápido, me pregunto, si antes, todo el mundo se conocía y saludaba por la calle. Cómo ha evolucionado para que impere la Ley del Silencio. Que curioso me parece todo. Parece como si tuviésemos miedo a hablar, como si por intercambiar palabras fuésemos a coger la peste o algo parecido, si precisamente ese es uno de los dones más preciados en el hombre, la capacidad para relacionarse. Cuando en pleno siglo XXI, el mito de Babel, parece desplomarse, nosotros, por ende, intentamos alimentar el desconcierto, pese a entendernos todos en plena era de la tecnocracia.
Si me aceptan un consejo, traten de romper la monotonía del silencio, de intercambiar palabras en los momentos más insospechados, porque quizá, en estos tiempos que vivimos, nuestros bienes más valorados son aquellos que tienen todos y nadie se atreve a usar. ¿Qué hay más gratuito y sincero que las palabras ?
Impaciente miraba el reloj, y el expreso de las 8:15 se retrasaba, como siempre, a eso ya estaba acostumbrado. Y como era habitual, las masas en tropel, acabaron de llenar la estación de aquel pequeño pueblo marinero en escasos minutos. Cada uno con su mundo, a lo suyo. Si acaso algunos saludados hablando del tiempo, de la crisis del Madrid, y generalmente, ni eso. Por lo visto, aquello debía ser la parada del silencio. Que curioso, suena a Western, de los de frases cortas y directas mordiendo palillo, frunciendo el ceño, con cara de tipo duro. Sin embargo, esto parecía más una estampa de una película de Gene Hackman o Sean Connery, que una del machote de Clint Eastwood.
El sonido del caballo de acero se acercaba, rítmico e incesante, seguro, como sabiéndose necesario para los que allí nos encontrábamos. Tocaban los empujones de subir, encontrar sitio, ceder el paso a los que bajan, etc. Con un largo pitido – no negaré que me alteró- comenzó su andadura, lento pero seguro, con el traqueteo cotidiano. No es que me sentase en ningún sitio específico en particular, pero desde donde me encontraba, ví una imagen que perdurará en mi cerebro durante mucho tiempo. Nada espectacular, no os vayáis a creer. Un hecho tan frecuente, como raro diría yo. Quizá esa mañana, un tanto insegura, había desarmonizado mi habitual letargo mañanero, para mostrarme más agudo de lo normal. Y allí estaban todos los pendulares viajeros, sumidos en su mundo. Uno metido en sus cascos, otra leyendo su revista rosa, unos cuantos durmiendo, otros tantos más con sus cascos, otros pocos mirando por la ventana expectantes, y yo allí de mero espectador clínico, apuntando para mi corazón sensorial – ya sabéis que así llamo a mi cerebro - . Parecía incluso que las personas se rechazaran. Desde luego parecían decir, “No me molestes por favor, no me importa, ni el tiempo, ni tu vida, ni si el Madrid vendió ya a Ronaldo”, “no, tampoco me importa lo que salió del polígrafo del programa de Cantizano”. Qué pena. Fue esa imagen la que me caló. ¿Cómo podía ser, que ante personas que estaban a tan siquiera escasos centímetros, pudiese haber tanta distancia?
Me sumergí en mis cavilaciones, embobado mirando por la ventanilla el paisaje semicongelado bajo los albores de la mañana. Hilaba cabos, unos tras otros, para tratar de dar respuesta a algunas preguntas. ¿A eso había llegado la sociedad?, a repudiarse a sí misma, a repeler el contacto de los unos con los otros, a aumentar las diferencias que nos separan bajo silencios de tren, de metro, de calle, de cualquier sitio. Nos hemos convertido en animales economizadores de palabras. Somos especialistas en intercambiar las palabras necesarias, para las cosas necesarias: “ su pan, gracias “, “ ¿qué desea caballero ?”.
Incluso exagerando, diría que sólo abrimos la boca, para actuar interesadamente.
Cómo puede haber cambiado la sociedad tan rápido, me pregunto, si antes, todo el mundo se conocía y saludaba por la calle. Cómo ha evolucionado para que impere la Ley del Silencio. Que curioso me parece todo. Parece como si tuviésemos miedo a hablar, como si por intercambiar palabras fuésemos a coger la peste o algo parecido, si precisamente ese es uno de los dones más preciados en el hombre, la capacidad para relacionarse. Cuando en pleno siglo XXI, el mito de Babel, parece desplomarse, nosotros, por ende, intentamos alimentar el desconcierto, pese a entendernos todos en plena era de la tecnocracia.
Si me aceptan un consejo, traten de romper la monotonía del silencio, de intercambiar palabras en los momentos más insospechados, porque quizá, en estos tiempos que vivimos, nuestros bienes más valorados son aquellos que tienen todos y nadie se atreve a usar. ¿Qué hay más gratuito y sincero que las palabras ?
Javi Miramontes
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