Otra vez más he vuelto a encontrar sabías palabras en uno de mis escritores favoritos. En este caso, lo he encontrado casi autobiográfico. Algunos conoceis la historia, otros no. Desde niño, siempre he sido un auténtico devorador de libros. La afición nació desde que era bien pequeño, calculo yo, más o menos con la edad de 3 años. Recuerdo todas las veces que un señor de cabellos nevados me subía a sus rodillas y marcando las silabas y palabras con el dedo, iba leyendo los titulares del Diario La Nueva España. Así poco a poco, fui asociando palabras, y por repetición, asimilación y sobre todo mucha paciencia, aprendí a leer cuando todos los demás conocían poco más que las letras. Desde entonces esa fue mi droga, que paulatinamente se fue alimentando según ampliaba mi conocimiento del mundo.
Posteriormente, fui poco a poco coqueteando con el cambio de papeles que suponía dejar de leer para contar yo la historia; y aún sigo ahí, aunque cada vez menos, desanimado por el stress y la edad. Son rachas pasajeras, como todo. Como bien dice, cuando nace la vocación para esto, no queda más remedio que hacerlo. Por eso en gran medida estoy tan ilusionado con mis futuros estudios de Periodismo.
Leer este artículo ha sido como ver años atrás, a visionar imágenes que comenzaban a finales de los 80 hasta trasladarlos casi una década después. Recordar otra vez a mi anciano mentor cuando hace tiempo que se encuentra en lugares de gloria eterna. Revivir sensaciones extinguidas y enriquecedoras.
Espero que os guste este artículo del gran De Prada.
El nacimiento de la vocación
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Con frecuencia me preguntan los periodistas cómo se produjo el nacimiento de mi vocación literaria. Sospecho que se trata de una pregunta de rutina o repertorio, formulada con más desgana que interés; al principio, yo también la respondía desganadamente, aliñándola con cuatro topicazos archisabidos y cuatro vaguedades más o menos ampulosas. Pero poco a poco noté que la pregunta me inquiría más profundamente; noté que en su aparente trivialidad escondía un meollo que me interpelaba, que me exigía un ejercicio introspectivo. Llegué a la conclusión de que la vocación literaria (como cualquier otra vocación, por lo demás) no se produce o decanta en tal o cual pasaje de nuestra biografía, sino que está inscrita en nuestros genes, es un don (o una condena) que se recibe de forma misteriosa y que tarda más o menos en manifestarse, o que incluso no llega a manifestarse nunca, si quien lo recibió hace oídos sordos al llamado. El escritor es escritor desde que nace, como el patito feo del cuento de Andersen era cisne, aunque tardase en descubrirlo; pero es precisa una concatenación de circunstancias catalizadoras que manifiesten esa verdad escondida. El bloque de mármol con que Miguel Ángel esculpió su David ya albergaba dentro de sí la escultura inmortal; pero sólo las manos del escultor lograron arrancársela.
La primera de esas circunstancias catalizadoras que esculpieron mi vocación dormida me sobrevino a una edad de la que ni siquiera tengo memoria. Mi abuelo, con quien tan ligado estuve en los años de la infancia, me enseñó a leer y escribir cuando apenas tenía tres años, antes de empezar a ir a la escuela. Mi abuelo había sido comerciante en un pueblo de Zamora; y, al jubilarse, rescató del traspaso de su tienda unas pocas cartillas en las que aprendí a distinguir el sonido que representaban aquellos garabatos de tinta y unas pocas pizarras en las que tracé mis primeras letras temblorosas. Recuerdo que, cuando llegaban visitas a nuestra casa, mi abuelo me pedía que hiciera una exhibición de mi habilidad recién adquirida; y alguna de aquellas visitas, contaminada ya por las memeces de la moderna pedagogía, se escandalizaba de mi precocidad, que juzgaba una premonición de desarreglos futuros. Naturalmente, tales desarreglos nunca se mostraron (salvo que consideremos que la vocación literaria es en sí misma un desarreglo o una anomalía); por el contrario, aquel aprendizaje tan temprano sirvió para exacerbar mi percepción del mundo, para ayudarme en su desciframiento. El mundo tiene una música, que es el lenguaje; y creo que cuanto más se retarda la comprensión de esa música, más se reprime la curiosidad innata del niño.
La lectura fue la llave que mi abuelo me entregó para descifrar el mundo. Paradójicamente, él no era un hombre leído; pero al despertar en mí la curiosidad por la lectura actuó como un catalizador providencial de mi vocación, que luego se robustecería cuando empezó a llevarme consigo a la biblioteca municipal. Mientras él hojeaba la prensa, me dejaba en la sala infantil, donde pude alimentar vorazmente una pasión que todavía era caótica, informe y sin desbastar; una pasión que también era gozosamente acaparadora. Como no tuve un cicerone que me guiase entre aquel bosque de libros que surgían a mi paso, fui un lector omnívoro, de un eclecticismo que alternaba sin recato el oro y la ganga. Y juraría que esta tumultuosa mezcolanza de libros imprescindibles y fútiles que nutrieron mi formación fue a la postre beneficiosa; pues descubrí que la literatura es una casa con muchas puertas, un recinto de dichosa libertad cuyos inquilinos pueden cambiar de estancia cuantas veces les apetezca, hasta establecer definitivamente su morada. En aquella casa me quedé para siempre, dichoso de haber encontrado un refugio contra la intemperie, dichoso de haber desvelado mi vocación; y en ella espero morir, dejando en herencia a quienes vengan detrás de mí una habitación atestada de palabras. Porque la vocación literaria es también una forma de hospitalidad; y cuando escribimos, no hacemos sino abrir una puerta al forastero que merodea nuestro jardín, no hacemos sino dar posada al peregrino y compartir con él un festín que no se agota nunca
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